domingo, 20 de enero de 2013

¡Ojalá y lloviera!

Acababa de comer y decidí recostarme en la galería de la casa para reposar un momento. Lo primero que hice fue quitarme los lentes para también descansar la vista. Allí también estaba mi madre tomando un poco de aire fresco. Con la vista fijada al cielo, mientras observaba las nubes ella exclama con tono alegre: “¡Ojalá y lloviera esta tarde!”. Fonéticamente hablando, esa también fue mi respuesta: “Sí… Ojalá y yo viera
Estando ahí en la galería me lamentaba de no poder apreciar en su totalidad la belleza del verde y florido jardín que me quedaba a pocos metros por delante. Tengo miopía desde los 9-10 años de edad; más de 4 puntos por debajo en cada ojo. Es una condición a la cual me he acostumbrado y adaptado. Recuerdo la ocasión cuando a mis 19 años por primera vez usé lentes de contacto. Se me aguaron los ojos y sonreí al verme en el espejo claramente sin la ayuda de cristales y sin una montura plástica o de metal entre mi cara y el espejo… ¡Por primera vez en 10 años!

A pesar de todo, esto ha sido una condición que me ha bendecido mucho.  ¿Cómo? Bueno, podría decir que el hecho de utilizar gafas me ha evitado muchos golpes y traumas en los ojos por objetos que de otra manera hubieran entrado. Pero hay otra perspectiva en la cual he sido muy beneficiado en la vida gracias a los lentes. Mencionaré solamente tres pensamientos sobre la misma:

  1. Entender el andar por fe y no por vista. He entendido de manera práctica lo que significa esta expresión literalmente. Esas mañanas en que tengo que levantarme rápidamente de la cama sin tener tiempo para ponerme los lentes, me hacen depender únicamente de mi conocimiento del lugar y de la misericordia del Señor para no permitirme caer ni tropezar. Los lentes en el mundo físico equivalen a la fe en el mundo espiritual. Es lo que nos permite ver claramente. Al dorso de mi licencia de conducir está escrito “Uso de lentes correctivos”. Mi incapacidad para conducir vehículos sin lentes la comparo con mi incapacidad para conducirme en la vida sin estar agarrado de mi fe.
  2. Mi aguijón en la carne. Sin lugar a dudas, al igual que el apóstol Pablo, tengo una condición física que me recuerda constantemente mi estado frente al Señor. Mi pobre vista me mantiene humilde, recordándome  siempre de mi imperfección como ser humano y mi necesidad de Él.
  3. No distracción en el servicio. Hace unos meses me di cuenta de la particular ventaja que tenía al poderme quitar los lentes en los momentos de adoración en la iglesia. Ya sea tocando mi instrumento desde el altar, o bien, cantando con la congregación desde abajo, me permitía adorar concentrado en el acto, sin prestar atención a lo que sucedía a mi alrededor, evitando así cualquier tipo de distracción. Aun cuando lo quisiera, simplemente no veía nada ni a nadie, por lo que podía dejarme llevar del sentimiento y del espíritu.
Lo confieso… Son muchas las veces que he deseado poder recuperar la vista, ya sea milagrosamente o por cirugía. Aún lo deseo… pero esto no quita que sea agradecido de Dios por ello. ¿Quién lo diría? El tener que utilizar lentes para ver correctamente con mis ojos en el plano físico me permitió también tener buena vista para apreciar aquello que mis ojos no ven.

*Ale

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